I

The Times (They are a-Changin’)

 

Un gorrión se posó en silencio a pocos pasos de la mesa donde Él se sentaba. Tenía los ojos de un anciano, y Jules, o Edward, o Adam, aún no lo había decidido, apenas podía distinguir el contorno del pequeño animal. “Mejor”, pensó, e incontables voces sonaron en su cabeza a la vez, “así tendrá algo de ventaja”. Aquel cuerpo se limitaba a vagabundear, haciendo solo lo imprescindible para subsistir a la espera de que lo necesitara para algo. Él los llamaba “pilotos automáticos” y, aunque en cierto modo sentía que la naturaleza de tales artificios era contraria a su forma de entender la vida, con los siglos había aprendido a apreciar su utilidad. Hasta Él necesitaba descansar de cuando en cuando, dejar alguna mente desatendida, hacer caso omiso de la avalancha de señales que un solo cuerpo era capaz de transmitirle al resto cada segundo. Era una sensación liberadora y terrorífica al mismo tiempo, lo más cercano que podía concebir a no sentir nada en absoluto, lo más cercano a la muerte verdadera.

El pájaro remontó el vuelo y los cansados ojos del mendigo oscilaron de un lado a otro en busca de algo con lo que entretenerse mientras aguardaba. Eran esos breves instantes de incertidumbre los que más le entusiasmaban de su cita de los jueves. Siempre que un extraño se acercaba a su mesa lo observaba de arriba abajo, tratando de dilucidar si se encontraba o no ante el rival al que esperaba. En ocasiones el contacto visual no duraba más que uno o dos segundos, tiempo suficiente para incomodar a cualquiera que no conociera sus intenciones y espantarlo. Presentarse en el parque con uno de sus cuerpos de mendigo no era la mejor forma de prolongar aquellos efímeros amagos de conversación, lo reconocía, pero era el único que tenía a mano por los alrededores aquella mañana. Otras veces un desconocido se detenía ante Él, valorando si sentarse y retarle a una partida, buscar otro adversario o seguir su camino. Entonces el corazón, al menos uno de ellos, se le aceleraba de impaciencia. Si el otro decidía que era un rival apetecible, solo tenía un suspiro para examinarlo y deducir si se trataba o no de su oponente de siempre. Tal vez se trataba más de una manía personal que de una cuestión de cortesía, pero le disgustaba tener que pedirle a alguno de ellos que se levantara y se marchara una vez que este había tomado ya asiento y se disponía a tenderle la mano y accionar el reloj. “Lo lamento, pero es que estoy esperando a alguien”, solía decir. Y en ocasiones como aquella, cuando su aspecto justificaba la coartada, añadía: “Te había confundido con mi amigo… ¡estos viejos ojos ya no son lo que eran!”. Encontrar a su rival entre tantos rostros inocentes podía suponer un desafío realmente difícil, y no era en absoluto imposible, aunque sí complicado, que el otro le sorprendiera y se anotara un punto. Llevaban más de una década citándose en aquel lugar para jugar, y a menudo pensaba que ese era el auténtico pasatiempo: no el ajedrez, ni cualquier otra de las excusas sobre las que cimentaban sus encuentros cada semana, sino el mero hecho de reconocerse el uno al otro. A veces incluso olvidaba que el verdadero motivo detrás de estas reuniones era el de tener controlado a aquel hombre. Era agradable distraerse.

De pronto, un hombre se detuvo frente a Él. Llevaba un rato largo dando vueltas alrededor de las mesas, tal vez esperando a que quedara un hueco libre en alguna. Iba bien vestido, puede que demasiado para alguien que solo quisiera pasear por el parque o sentarse a echar una partida. Sus manos reaccionaban de inmediato al menor atisbo de suciedad en la chaqueta; el único descuido que se permitía en su vestimenta era la corbata, algo aflojada a causa de un calor impropio del mes de octubre. La barba fue lo que le hizo sospechar: su rival no solía dejársela nunca. Es más, estaba seguro de que había encontrado la forma de que le dejara de crecer. Aun así, aquel detalle podía ser solo un truco para despistarlo, por lo que siguió observando. No podía estar seguro a esa distancia, pero juraría que había barro en sus zapatos. ¿Barro, con un atuendo tan cuidado? El hombre se dio cuenta de que lo estaba mirando y clavó la vista en el cuerpo del mendigo, pero no pareció fijarse en la banda roja que Él se ataba siempre al brazo para que pudiera reconocerlo. El desconocido mantuvo el contacto visual un segundo escaso y luego fingió interesarse por su reloj. Parecía inquieto. A simple vista diría que se trataba de una persona de clase acomodada, y una que no frecuentaba a menudo lugares como aquel, además. No recordaba haberlo visto antes, y Él jamás olvidaba una cara. Quería jugar, pero no se atrevía a sentarse con él porque lo veía como un vagabundo corriente. Tal vez temiera un atraco, incluso a plena luz del día y en un lugar tan concurrido, lo que no dejaba de reforzar su idea de que no encajaba nada en aquel ambiente. Y sus zapatos le habían llamado la atención.

Estaba tan concentrado en recabar algo más de información para poder emitir un veredicto que no notó que alguien le tocaba el hombro con impaciencia. La segunda vez sí se dio cuenta y se giró lo justo para no perder de vista por completo al objeto de su examen. El recién llegado, o más bien la recién llegada, era una chica joven, vestida con ropa de deporte ajustada y con el pelo recogido en una coleta. Llevaba un ipod nano antiguo sujeto al brazo con una cinta elástica para niños. La deformación de la goma al estirarse y su inoportuno problema de visión le impidieron reconocer al personaje que aparecía en ella, pero estaba seguro de que era de una serie de dibujos animados. Algunos de sus cuerpos más jóvenes fingían ver la televisión para no llamar la atención de sus padres biológicos, por lo que estaba familiarizado con la mayoría de los programas infantiles más importantes de todos los países. Aquello podía significar que tenía una hija o más bien una hermana pequeña; era un detalle sutil, pero determinante a la hora de descartar a su compañero. Además, él nunca se presentaba con forma de mujer.

—¿Puedo sentarme? —dijo ella, jadeando ligeramente—. Necesito descansar un rato.

—Lo siento mucho, jovencita —le sorprendió la voz de aquel cuerpo, más aguda de lo que habría esperado. Hacía mucho que no la oía hablar—. Pero es que estoy esperando a alguien.

La chica ignoró la respuesta y dio un silbido. El hombre del traje hizo un gesto con la mano y se retiró de inmediato.

—Anótame un punto —murmuró ella, y sus labios se estiraron de forma casi antinatural para dejar aflorar una amplísima sonrisa.

—¡Eres tú! —exclamó. Le había sorprendido tanto que un cuerpo llamado Sven estuvo a punto de perder el equilibrio mientras patinaba en un lago de Estocolmo—. ¿Pero cómo?

—Lo sabía.

—Eres una mujer.

—No me digas.

—Es un comportamiento interesante.

—¿Me lo tomo como un cumplido?

—Llevo años pensando que tenías algún problema con las mujeres. Nunca te transformas en una, y las pocas veces que yo he usado un cuerpo femenino estabas incómodo. Siempre intento organizar el horario de mis cuerpos para que sea un hombre el que acuda a nuestras partidas. Ojalá lo hubiera sabido antes. El próximo jueves yo también seré una mujer.

—Me alegro. Celebremos nuestra recién descubierta pasión por el travestismo jugando a algo.

—¿Travestismo? ¿Cómo estás tan seguro de que no nací por primera vez siendo mujer?

—No lo había pensado nunca.

—Porque tienes un problema con las mujeres.

—O contigo. ¿Qué has traído?

—Monopoly, Toboganes y escaleras, dominó, damas, ajedrez, Código secreto, Ciudadelas y Blackgammon.

—Me niego a volver a jugar al ajedrez contigo, te lo he dicho muchas veces.

—Es que viene con las damas.

—Qué mentiroso, pero si hasta tienes el reloj puesto en la mesa. De todos modos tampoco estoy seguro de querer jugar a las damas. Dados o rol, ese era el trato. No puedo competir contra… ¿cuántos cerebros dices que tienes?

—No te lo he dicho nunca —respondió, guardando el reloj—. Ni te lo voy a decir, pero buen intento.

—Era broma. Lo que quiero decir es que una vez vine con el cerebro de un campeón del mundo de ajedrez y me ganaste.

—Un campeón de ajedrez muerto. Te colaste en una morgue para copiarlo. No debía de tener las ideas muy frescas.

—Llevaba muerto muy poco, el cerebro estaba bien para lo que lo quería usar yo. Me ganaste cinco partidas.

—Hoy me has engañado.

—Tú tienes yo qué sé cuántos cerebros repartidos por el mundo a tu disposición que pueden dejar lo que están haciendo y concentrarse en la partida. Incluso puede que alguno sea ajedrecista también, no me sorprendería. Yo solo tengo uno. Versátil, pero uno. La única forma que tengo de vencerte en una batalla de lógica es distraerte con algo y trazar planes a muy largo plazo. Llevaba años sin transformarme en una mujer solo para poder anotarme un punto con este aspecto cuando hubiera pasado el tiempo suficiente.

Él tuvo que aplaudir semejante ocurrencia.

—Tendré que fijarme mucho más la próxima vez.

—Una pregunta, por pura curiosidad. ¿Habría funcionado que viniera con más escote? ¿Te distraería eso mientras jugamos?

—No lo creo.

—Ya imaginaba. Debe de ser complicado sentirse atraído por alguien cuando eres una sola conciencia con incontables cuerpos, sería como querer tirarse a un potencial tú.

—Potencial no. Tengo los cuerpos que tengo.

—Ya, ya.

Los dos desviaron la mirada. El momento en que se conocieron fue uno de los accidentes más improbables y fascinantes que ambos habían vivido, pero ante todo fue muy incómodo.

—Hablando de esto, y ya que parece que no tienes muchas ganas de sacar el Monopoly…

—¿Monopoly entonces? —preguntó, y se inclinó para extraer la caja del juego de la desgastada mochila que descansaba a sus pies. Era la edición de Reino Unido de hacía ya un par de décadas.

—Sí, no sé, debería tener algo de ventaja sobre ti —bromeó.

—No creas, llevo jugando a esto desde el 35.

—Pero yo dirijo una empresa de verdad, las tuyas no pasan de ser un hobby —ambos empezaron a repartir el dinero y colocar las tarjetas—. Qué te estaba diciendo… ah, ya. Decía que debe de ser raro para ti sentirte atraído por alguien. Por eso siempre me ha parecido muy curioso el hecho de que tengas un hijo.

—No tiene por qué existir atracción mutua para fecundar un óvulo.

—Qué aséptico ha sonado eso, pobre mujer. Yo me pido el cañón, por favor —dijo, señalando la pequeña ficha metálica—. Para alguien que tiene tantos corazones, no eres muy considerado con los ajenos.

—Para mí el buque. ¿A qué viene eso ahora?

Le echó una mirada de reojo mientras ordenaba sus billetes. Sentía curiosidad por saber con qué le iba a salir.

—Hace poco vi a tu hijo.

—¡Vaya! —exclamó—. Hace tiempo que yo no lo veo… con ningún cuerpo.

—Por eso. Creo que está enfadado contigo.

—¿Te lo ha dicho él?

—No exactamente —matizó, jugando a pasar los dados entre sus dedos—. Le pregunté que cuántos cuerpos tienes. Ya sé que es trampa, pero no pude resistirme; es el único que los conoce todos y tú no me lo vas a decir jamás.

—¿Y qué te contestó?

—Que no pensaba decírmelo. Pero añadió que pronto no importaría, porque pensaba matarlos a todos.

Algunos de sus cuerpos dejaron lo que tenían entre manos durante un par de segundos, pero enseguida recuperaron la concentración. Solo el del mendigo se mostró intrigado. Dejó los billetes en la mesa y miró a su adversario, que a su vez lo observaba con seriedad.

—¿Eso dijo?

—Sí. Así que imagino que algo enfadado debe de estar.

—¿Por qué fue a verte a ti?

—Me pidió dinero.

—¿Dinero?

—Para ir a Europa.

—¿Y se lo diste?

—Sí.

Trató sin éxito de reprimir una carcajada irónica.

—¿Te dijo que quiere matarme, te pidió dinero y aun así se lo diste?

—No estaba en posición de negárselo. Pero te estoy avisando.

—De una forma un tanto retorcida.

—No te enfades conmigo. Haberle educado mejor.

—Ya.

—¿Qué vas a hacer?

—Esperar —se encogió de hombros—. No creo que vaya en serio.

Aun así, uno de sus cuerpos en Dubai fingió atender una llamada en su despacho mientras pensaba en lo que acababa de oír. El mendigo estaba listo para jugar, y sin un atisbo de preocupación.

—Claro, seguro que no. Cambiando de tema de nuevo, he oído que tus chicos van a salir el sábado por la tele. ¿Vas a ir a verlos?

—Lo veré en casa. En muchas casas.

—Me refería a si va a ir el señor Owen al plató.

—Ah, no, no lo creo. Hace tiempo que no me dejo ver con ese cuerpo. Estoy intentando apartarlo un poco del público.

—Ya imagino. Hace tiempo que no salgo a la calle con mi cara de Charles Mathelson.

El tablero estaba listo. Indicó a su adversario que tirara, ya que tenía los dados en la mano. La mujer los lanzó, movió su ficha seis casillas y dejó el dinero encima de la mesa sin mediar palabra. Él le pasó la tarjeta y tomó los dados a su vez. Transcurrieron un par de turnos más en completo silencio.

—El próximo jueves tengo una reunión importante. Vamos a sacar un nuevo fármaco —dijo de pronto—. Tengo libre este lunes. ¿Es demasiado pronto para vernos de nuevo?

—No, está bien —comentó algo sorprendido mientras buscaba en el taco de cartas la de la Fleet Street, que acababa de adquirir. Notó que los ojos de la mujer habían cambiado del tono azul claro con el que se había presentado ante él aquel día a un color marrón oscuro, casi cobrizo. Aplicar cambios sutiles a su rostro en medio de una partida era una estrategia de distracción habitual durante sus encuentros, pero hoy estaba algo más raro de lo normal y eso le intrigaba. Puso a un par de cuerpos desocupados a trabajar en ello por precaución. Todo parecía seguir bajo control, pero aquel hombre podía ser peligroso si estaba tramando algo. No quería correr riesgos absurdos.

—Hecho, entonces. Prepárate. Voy a por ti —canturreó con voz femenina.

Tiró los dados una vez más. Sonreía.

 

II

Back from the grave

 

El sueño empezó como siempre, con el viento agitando las ramas del enorme ciprés que presidía un solitario nicho embarrado por la lluvia. Esta vez el padre Michael se esforzó por intentar encontrar alguna pista que le permitiera deducir dónde se hallaba. Un nombre, alguna lápida en las inmediaciones, una particularidad del terreno, lo que fuera. Nada. Aquel cementerio podría ser cualquier cementerio del mundo, y ni el silencioso guardián arbóreo que danzaba con arremetidas casi depredadoras frente al sacerdote ni la hilera de sombras en forma de tumba que se perdían en el horizonte bajo un irreconocible abrigo celeste significaban nada para él. La losa de piedra que descansaba a sus pies, de un blanco tan brillante que el paso del tiempo había no logrado oscurecerla, no daba ninguna pista acerca de quién podía ser su morador o de cuándo había fallecido. Michael dio un paso hacia atrás y trató de rodear la escena para presenciar la segunda parte del sueño desde un punto de vista diferente al habitual, pero una y otra vez regresaba en contra de su voluntad al lugar de partida, algo que lo hacía agitarse en la cama y apretar los puños de impotencia. No estaba acostumbrado a tales restricciones, sino que por lo general podía moverse con libertad por sus visiones. Claro que tampoco era frecuente que el mismo sueño apareciera ante él más de dos veces.

En el último mes no había tenido otra visión más que esa.

La tormenta arreció. El cura miró al cielo, pero su rostro se volvió hacia abajo de nuevo sin remedio. Él no estaba allí. No podía mojarse con la lluvia, no podía ensuciarse los pies de tierra ni hablar con las figuras mudas que desfilaban por su cabeza. Era un mero observador, y como tal ni siquiera tenía derecho a escoger lo que debía o no ver. El viento hizo que las hojas del ciprés silbaran al cielo nocturno. Esa era la primera señal; luego vendría el relámpago, después el diluvio comenzaría a amainar para volver un minuto después con más fuerza, un ruido sordo retumbaría en el corazón de la tierra, el suelo temblaría y la visión llegaría a su cénit. La descarga de luz cayó sobre el camposanto, aunque para su disgusto no bastó para permitirle vislumbrar ningún detalle que no hubiera visto en noches anteriores. Oyó que la lluvia arreciaba con menor intensidad. Vamos, ya casi estaba. El corazón se le aceleró. Trató de calmarse. Respiró hondo. La tormenta regresó, confundiendo las arremetidas del viento con sus propios latidos. No faltaba nada. “Pero cálmate”, se dijo. No podía quitarse de la cabeza las palabras de una profecía aún más antigua que esta, una que otra persona le había regalado y la única que él conocía protagonizada por sí mismo. Su pulso se estabilizó. Bien. Solo un segundo más.

Fue como si un enorme peso cayera sobre una plancha de madera y la partiera en dos. El estruendo había provenido de un punto imposible de determinar bajo sus pies, y la vibración del golpe no tardó en hacerse notar. Llegó un momento en que no pudo estar seguro de si aquel repentino movimiento de la tierra que pisaba no se debería en realidad a que el conocimiento de lo que ocurriría a continuación le hacía achacar al suelo un efecto producido por el viento, el agua o cualquier otro elemento desconocido. Tal vez se estaba imaginando el temblor. Tal vez solo lo había soñado, pensó. De haber estado despierto, habría soltado una carcajada nerviosa. Ya casi estaba. Podía oír el ruido de la tierra removida y el lodo deslizándose frente a él.

Lo primero en aparecer no fue la mano, como habría cabido esperar por las películas de terror, sino que todo el torso del desconocido con cabeza y brazos incluidos emergieron de pronto al desplomarse el barro al interior de la fosa. No gritó ni gimió: tan solo tomó aire, levantó las piernas para liberarlas, sacudió un poco la gabardina que lo cubría bajo la lluvia y miró a su alrededor de un modo muy similar a como él mismo lo había hecho tantas veces al intentar examinar el terreno. Dedicó un último vistazo a la tumba que acababa de abandonar y, sin necesidad de estirarse ni de ejercitar las articulaciones, echó a andar con normalidad.

Michael abrió los ojos y se incorporó como un resorte, conteniendo un grito. El parecido entre la forma en que el hombre del cementerio surgiría de la tierra en un futuro desconocido y su propio despertar le hizo sentir un escalofrío. Lo que había presenciado no era su propia resurrección, si es que era eso de lo que se trataba: sus sueños jamás le permitían observar su propio destino, solo el de otros. Aun así, aquella imagen le evocaba ideas en las que prefería no ahondar.

Sofocado, ladeó la cabeza. De repente vio el rostro de Cassie, que lo miraba desde la puerta con los labios entreabiertos. La muchacha se acercó hasta él y le puso en la mano un vaso de agua y un analgésico.

—¿Otra vez el zombi?

—No es un zombi. Pero sí, otra vez.

—Jesucristo resucitó, ¿por qué no tu hombre misterioso, padre?

La miró un segundo mientras hacía el esfuerzo de tragarse la pastilla. La cabeza le palpitaba. Aunque entendía sus intenciones, no estaba de humor para responder al pique de su sobrina.

—Gracias por el agua.

—Me preocupas.

—¿Te he despertado?

—No, no has vuelto a gritar. Estaba ya despierta.

—¿Y se puede saber qué hacías a estas horas fuera de la cama, jovencita?

Miró el despertador de su mesilla. Temió haber hablado antes de tiempo, pero resultó que eran las cuatro de la mañana y que su reproche tenía sentido.

—Esperar a que te diera.

—Podías haber dejado la pastilla en la mesita, no hacía falta que…

—Pero quería hablar contigo —interrumpió—, por si había algo nuevo. Si hablas de un sueño recién despierto recuerdas más detalles.

“Estos sueños no funcionan así”, quiso decir, pero se contuvo. Ella lo sabía. Estaba dando vueltas en la conversación porque no se atrevía a llegar al punto que realmente la interesaba, y él ya se temía cuál era.

—Brujita, por favor —rogó él—. No dibujes. No me gusta que lo hagas.

—Pero podría ayudarte.

—O podría preocuparme aún más, y meterme en más líos. Sé que no puedo prohibírtelo, pero no lo hagas. Anda, vuélvete a la cama. Mañana hablaremos.

La joven asintió en silencio, le besó la mejilla y dejó la habitación sin mirar atrás, maquinando en su cabeza todas las objeciones que no había querido exponerle tan de madrugada y con su tío aún conmocionado por el sueño, pero que sin duda emplearía al día siguiente. El sacerdote bebió un nuevo trago de agua, distraído. El líquido se le atragantó y le hizo toser con violencia. Cuando logró recuperarse, oyó un ruido que provenía del otro lado del pasillo, de la habitación de Cassie. Debía de haberse alarmado de nuevo. “Dios”, pensó él. “Dios, no la metas en esto”. Involuntariamente pensó en Él, en su último encuentro. ¿Había sido el último, en realidad? ¿Podía estar seguro?

Se levantó en silencio, tratando de no perturbar más el sueño de su sobrina. Bajó las escaleras hasta el cuarto de estar, se echó en el sofá y encendió la tele, pero la apagó de nuevo tras unos diez segundos de búsqueda en los que ni siquiera prestó atención a los canales que pasaba con el mando. Volvió a levantarse, dio un par de vueltas alrededor de la habitación, tomó una de las sillas de la mesa donde comían y volvió a dejarla en su sitio. Se quedó ahí de pie, sin ser capaz de pensar en nada concreto, hasta que de pronto salió de su ensoñación y decidió buscar el portátil. Lo encontró en la cocina, sobre la encimera. Cassie debía de haberlo dejado cargando ahí; cuando trasnochaba solía usar el ordenador en el piso de abajo en vez de en su cuarto, para no despertarlo. Lo cogió y lo llevó de nuevo a la mesa del salón. El logo de Windows llenó la pantalla al encenderlo. ¿De verdad estaba haciendo lo que estaba haciendo? ¿No seguía soñando? el pulso se le aceleró al ver aparecer los iconos de su escritorio. Impaciente, hizo tres o cuatro clicks en el del Skype y esperó a que el programa se abriera. Solo tenía un contacto agregado. Y estaba en línea, cómo no. Se puso los cascos. El dedo le tembló cuando se dispuso a pulsar el botón de llamada, aunque al final lo hizo. Había pensado mucho en aquello, no era una decisión tomada a la ligera. Aun así, sintió una opresión en el pecho. Se estaba traicionando a sí mismo y a su familia, pero no tenía otra opción.

—Michael. Ha pasado mucho tiempo. Me alegro mucho de verte.

El rostro que apareció en su ordenador era el de un hombre maduro, de unos cuarenta y tantos años, con el pelo ralo peinado a un lado para ocultar una calvicie incipiente. Por lo demás, tenía un aspecto tan saludable que casi le costó reconocer aquel cuerpo. Estaba claro que Él lo había escogido a propósito para el sacerdote. Había ido al cine con ese hombre hacía años. Después de la película cenaron y no hablaron de negocios en toda la noche. Era uno de los recuerdos más vívidos y agradables que conservaba en su memoria sobre el tiempo en que ambos habían trabajado juntos. Casi como pasar la tarde con un amigo. Solo por eso, para causarle a él una buena primera impresión en su reencuentro, había tenido durante años a uno de sus cuerpos sin hacer otra cosa más que atender el Skype por si el sacerdote se echaba atrás en su juramento. Michael no estaba seguro de hasta qué punto suponía aquello un sacrificio para semejante ser, pero no pudo evitar sentir una chispa de orgullo que reprimió enseguida.

—¿Qué ha pasado? —dijo, acabando con un silencio que el cura no se había atrevido a perturbar.

—Llevo un mes teniendo el mismo sueño.

—Descríbemelo.

—Te estoy enviando un informe que escribí ayer con todo lo que recuerdo. También un par de grabaciones que he tomado de mí mismo justo después de despertar.

—¿El contenido de las grabaciones está recogido en el informe?

—Sí, pero no mis gestos ni mi voz. Tal vez la doctora Henson pueda… en fin, puede serte útil.

—Lo examinaré más tarde, muchas gracias. Ya estoy leyendo tu documento, dame un segundo.

—Esto no significa que vaya a volver.

—Lo sé. No pasa nada. Me ayudaste mucho en el pasado; si puedo corresponderte, lo haré.

—No te ayudé a ti en concreto, sino a otras personas. Te ayudé a ayudar a otros —repitió, algo crispado. Por algún motivo, el tono amigable y solícito de su viejo compañero le ponía nervioso.

—¿Qué tal está Cassie? Ya debe de ser una mujer. ¿Cuántos años tiene ya?

—Quince —respondió con frialdad—. ¿No lo recuerdas?

—Sí, perdona, no lo he pensado demasiado. Era por romper el hielo. Ya sabes que a veces soy…

—Un imbécil.

—Iba a decir despistado o insensible, pero tendrá que valer —sonrió—. De pronto su expresión cambió. Algún otro cuerpo, tal vez varios, debía de haber llegado a una parte del informe que no le gustaba—. ¿Sueñas con un…?

—¿Zombi? No, no es un zombi. Eso sería… —rió, pero enseguida volvió a ponerse serio—. Parece en buena forma. Lo que me preocupa es que no he soñado nada más en un mes.

El hombre asintió.

—Debe de ser algo muy importante.

—Sí, supongo. En realidad no lo sé, no me había pasado nunca. Tal vez lo que estoy viendo sea la antesala de algo muy grande, o tal vez es que el extraño interfiere con mi poder de algún modo. No lo sé. Pero yo solo no puedo con esto. Hay que averiguar todo lo posible antes de que ocurra.

—Pondré a mi equipo a trabajar en ello.

—Si te refieres a tu equipo de superestrellas…

—A todo mi equipo. He conocido a varios miembros de tu familia a lo largo de los siglos, y no serías el primero que pierde sus visiones en algún momento de su vida. Ya lo sabes. ¿Has meditado la posibilidad de que tu poder esté desapareciendo, o… cambiando?

Le recorrió un escalofrío.

—Lo he meditado mucho. No parece el caso. Pero ahora que lo dices, escucha… He pensado en ir a la Fundación y hablar con Sybil.

—No estoy seguro de que vaya a funcionar.

—Su poder no es como el mío. En mi familia podemos ver lo que puede ocurrir en el futuro. Algo mutable. Pero lo que ella ve no es mutable, es el destino. Sé que no está en sus cabales, pero quizá…

—No es por eso. Hubo una fuga en la Fundación hace tres días.

Michael se quedó sin habla.

—No ha salido en las noticias, ni en los periódicos.

—Claro que no.

—¿Ella…?

—Ella se quedó en su cuarto. No intentó huir, pero tampoco ha vuelto a hablar desde entonces. Por lo general habla por los codos, cambia de un tema a otro, grita, insulta a los cuidadores, da golpes… es un ruido incomprensible, pero constante. Y ahora parece una tumba. No habla, no se mueve; ni siquiera sus ojos responden. Aparte, varios internos han logrado escapar, incluyendo uno bastante peligroso. Las cosas están un poco agitadas, no quiero ponerte en una situación que…

Pensó en Sybil. Apenas había visitado a la mujer una decena de veces en su celda, pero en ninguna de esas ocasiones se había comportado como Él decía. Ante la presencia de Michael, se limitaba a mirarlo y reír en voz baja. Solo le hablaba cuando se dirigía a ella, y lo que decía rara vez tenía que ver con lo que le estaba preguntando.

Excepto una vez.

—Iré.

El cuerpo de Él suspiró, resignado.

—Hay otra cosa. Sospecho que alguien de fuera puede estar detrás de la fuga.

—¿Mathelson? —preguntó con cierta aspereza. Le había costado rescatar de su memoria aquel apellido. No era ese el nombre con el que le había conocido años atrás.

—No, no. Él no se atrevería… y tampoco tiene nada que ganar con algo así. Creo que mi hijo está relacionado.

Michael arqueó las cejas, sorprendido.

—¿Ha vuelto a dejarse ver?

—De momento no, pero se ha puesto en contacto con Mathelson para pedirle dinero. No descarto que viajara a Inglaterra. Quiere hacerme daño, puede que intente provocarme.

—No le culpo.

—Ya. Todos cometemos errores.

—Pero los de unos son más grandes que los de otros. No debiste permitir que… —se detuvo de pronto—. No puedo dejar sola a Cassie si voy a la Fundación. Tal vez eso sea lo que quiere tu hijo.

—¿Y para qué iba Axel a…? ¿Crees que anda detrás de su don?

—Tal vez. Sí, si pretende ir a por ti. Hace tiempo vi un dibujo de mi sobrina. En él aparecía ella junto a un joven varios años mayor. Tal vez fuera Axel.

—O su futuro novio.

—Puede que Axel no sepa que ya no trabajo contigo —continuó, ignorando el comentario—. Quizá haya pensado que iría hasta allí en persona para intentar provocarme un sueño profético y volver a atrapar a los internos que han escapado. Mientras, él aprovecharía para venir a casa a por Cassie. Si es así, ha estado cerca de tener mucha suerte. De no haber sido por lo de mi sueño, jamás habría contactado contigo.

—La suerte no existe, padre —sentenció Él—. No descartemos una conexión entre tantos hechos insólitos.

—Ya, por eso mismo no pienso arriesgarme a que le pase nada a Cassie.

—Lo entiendo, Michael. Te aseguro que yo tampoco. Siempre he procurado lo mejor para ella.

—Hmm —espetó con sequedad, entrecerrando los ojos—. Bueno, creo que ya es suficiente charla por esta noche.

—¿Vas a venir a la Fundación, entonces?

—Ya veré cómo me las arreglo. Te mantendré al corriente.

—Como quieras. Esta línea siempre está disponible para ti, viejo amigo. Me alegra que…

Finalizó la llamada, sin dejarle terminar. Estaba claro que intentaba engatusarle con palabras amables y buenas intenciones, pero no iba a dejar que funcionara. Cerró los ojos y emitió un suspiro largo y profundo. Estaba agotado. Todavía no sabía qué hacer con lo de su escapada a la Fundación y su sobrina. ¿Y si la llevaba consigo? Cassie ya sabía de la existencia de aquel lugar, como todo el mundo. Bastaba con no dejarla entrar a según qué pasillos y habitaciones. Además, Él estaría allí, junto a varios de sus amigos. A la mayoría los conocía, podía confiar en ellos. Al menos en teoría. Siempre había pensado que la Fundación era inexpugnable, y ya no lo era. Muchas cosas parecían estar cambiando, y algunas que creía enterradas volvían a levantarse de su tumba.

Se levantó de golpe y fue hacia la cocina a por más pastillas. Cassie lo oyó desde las escaleras y se deslizó en silencio hasta su cuarto, procurando que su tío no descubriera aquel pequeño acto de espionaje.

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