Alejandro L. Lizana

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Autor: Alejandro Lizana

¿Qué ha pasado con Capitana Marvel?

Tuve la oportunidad de ver Capitana Marvel en el pase de prensa del martes 5, y la película me gustó bastante, tal y como podéis leer en la crítica que realicé para Butaca y Butacón. Y no, eso no significa que forme parte de esa secta de críticos a sueldo de Disney (hay gente que piensa que un señor vestido de Mickey Mouse se dedica a ahogar en dinero al primer friki que se monta un blog para consolidar su monopolio). En realidad era lógico que me gustase, porque suelo disfrutar mucho de las películas de este género (¡sean de Marvel, de DC o de otra compañía!). Pero la animadversión en las redes está siendo tal que me han entrado ganas de comentar este fenómeno con un poco más de detalle. ¿Por qué está fracasando Capitana Marvel?

Tengo la sensación de que las críticas a Capitana Marvel no se explican solo por motivos cinematográficos. Vaya por delante que a cada uno puede gustarle o no gustarle lo que le parezca (no faltaba más), pero me sorprende leer críticas ensañándose con ciertos aspectos de la película que están ahí en (casi) todas las películas del MCU. Ahora resulta que crear un comunicador espacial con restos de una cabina de teléfono y un par de bártulos más es ridículo (que lo es), pero que Tony Stark se monte un exoesqueleto mecánico y un reemplazo a su corazón en medio del desierto reciclando piezas sí es aceptable. Que no veamos mucha acción en el espacio o en el planeta de los Kree es un fallo gordo, pero que en Thor apenas nos enseñen una maqueta y dos decorados de Asgard está bien. Y podría seguir.

Aparte de eso hay algunas críticas recurrentes que me rechinan de manera especial, porque creo que se están perdiendo detalles importantes. Ojo, que vienen

SPOILERS:

1 El carácter de Carol Danvers

Si se piensa un poco, tiene todo el sentido del mundo. Se trata de una mujer que ha sido entrenada para contener sus emociones, pero que no deja de tener flashes y recuerdos de su vida anterior en la Tierra. Esa forma de ser tan curiosa (que no sabes si está de broma o en serio porque tiene un sentido del humor sequísimo) y la manera en que despacha los problemas casi sin inmutarse son consecuencia del conflicto interno que sufre (conflicto que, no obstante, se ve bien en escenas como en la que regresa para salvar a Furia). Está a medio camino entre los kree y los humanos, y por encima de todo es una militar (incluso en la Tierra lo era) y esa personalidad es la que aflora cuando tiene que luchar.

La pobre no sabe ni reaccionar cuando la abraza por primera vez la hija de su mejor amiga. Es un personaje que psicológicamente [I]no está bien[/I]. Por supuesto, se puede argumentar que la película no dedica demasiado tiempo a explorar esa crisis, pero es que a estas alturas ya deberíamos ir concienciados de que esta clase de películas de Marvel son presentaciones de cara a una línea argumental mucho más amplia y en la que se presupone que la Capitana va a tener más desarrollo.

Fuente: marvel Studios

2 Los cambios con respecto al cómic

Estos cambios llevan sucediendo desde Iron Man. Es verdad que algunos sientan mal porque desaprovechan un material muy rico (ese Mandarín de Iron Man 3, ese Ragnarok a medio gas de Thor 3), pero en este caso no creo que los Skrull estén desaprovechados. Yo no sé muy bien de dónde se sacan algunos que ahora los Skrull vayan a ser buenos y los Kree malos y ya no vayamos a tener Secret Invasion, y demás: aquí vemos UN grupo de Skrulls bajo el mando de alguien que es bueno, pero eso no quiere decir que no podamos ver en el futuro otras facciones skrull que funcionen como antagonistas (¡entre esta película e IW pasan 20 años! Es muchísimo tiempo para justificarlo). El mismo Talos explica en la película que los suyos también tienen las manos manchadas de sangre.

Me hace especial gracia cuando alguien empieza «he leído 200.000 cómics de Marvel y esto me enfada porque blablabla». En los cómics ha habido Skrulls buenos también, y de hecho en la narración clásica de cómo comienza la guerra con los Kree los dos bandos son responsables de actos censurables (en una guerra, vaya, quién lo diría).

3 ¿Fallos de guion?

Otros supuestos fallos no son tales. Por ejemplo, he leído por ahí que el hecho de que los Skrull no se sorprendan de la tecnología terrícola es un error, y se compara con el asombro (que funcionaba como alivio cómico, por otro lado) de Thor al llegar a la Tierra. El detalle que se les pasa a algunos es que lo primero que hacen los skrull al aterrizar es asumir formas humanas, y al hacerlo adquieren los recuerdos más recientes de sus copias, incluyendo la familiaridad con el mundo que les rodea. Aparte de eso, la Tierra es un planeta tecnológicamente inferior, pero perfectamente conocido y catalogado. No hay motivo alguno para que se sorprendan de nada (al revés: lo que es raro es que Thor sí tenga esas reacciones absurdas).

Tampoco quiero decir con esto que la película no tenga absolutamente ningún fallo: la estructura es muy convencional, y muchos de sus temas están desaprovechados (consecuencia, de nuevo, de formar parte de un universo más grande). Pero esos fallos se están exagerando mucho en comparación con otras películas de orígenes con los mismos problemas.

(fin de los spoilers)

Creo que se han mezclado cuatro factores. Por un lado, hay gente que desde el principio estaba en contra de la película por su «feminismo extremo» (cosa que pasó también con Wonder Woman, pero en mucho menor grado porque aquí ha habido además una campaña brutal de difamación por unas supuestas declaraciones de Brie Larsson sacadas de contexto). Por otro lado, hay muchos fans de DC que no han tragado la «copia» (¡como si en el cine no pudiera haber más que una mujer superheroína!). Luego hay gente que ha ido al cine muy predispuesta a que no le guste por todas las críticas negativas y el revuelo que se ha montado, lo que explica le saquen fallos que no se le sacan a otras películas de superhéroes iguales o peores que esta.

Por último, hay gente que genuinamente no ha conectado con la protagonista o con la historia, cosa que me parece del todo respetable. Aun así, insisto: si se compara de forma objetiva con otras películas del estudio o de DC, el [I]hate [/I] es difícil de justificar. Leo a gente que alabó Aquaman en su día (película que a mí me gustó, por si alguien salta ya con que soy fanboy de marvel) y que ahora critica Capitana Marvel porque la trama es simple (¿en serio? ¿y la de Aquaman qué es?), o que critica el contraste entre la trama terrestre y la extraterrestre pero que está perfectamente conforme con la estructura de Thor.

Capitana Marvel, en definitiva, es una película-tipo de Marvel, para bien y para mal. En mi opinión tiene suficientes argumentos para competir con o superar a Thor, Dr. Extraño, Ant-Man o Black Panther; lejos de las mejores del estudio, pero por encima de la clase media y baja. Me tengo que reír cuando se dice que es peor que Iron Man 2, Ant-Man y la Avispa o Thor 2, de verdad.

¡Levántate!

Para celebrar el primer Halloween desde que mi web está operativa, aquí os dejo una curiosidad: se trata de un relato de terror que escribí cuando tenía 18 años para un foro de escritores en el que solía participar por aquel entonces. No tiene nada que ver con el mundo de Iniciativa 5 (eso para otro día), sino que es más bien un pequeño homenaje a Lovecraft, al que había estado leyendo mucho por esa época. De hecho, casi todos los relatos que conservo de esa época son una especie de ejercicios de estilo en los que iba practicando distintos géneros (desde relatos humorísticos hasta otros de corte social, pasando por la fantasía, sci-fi…). He decidido no corregir ni retocar nada (aunque después de tantos años no me falten ganas) porque creo que tiene su encanto leerlo tal cual lo concebí en su momento. Sin más, aquí os lo dejo. ¡Que paséis una buena noche de brujas!

¡Levántate!

De todos los ejemplares que he tenido el placer o la desgracia de examinar durante mis años como coleccionista, que no son pocos, nunca ninguno me había causado tan conflictiva mezcla de impresiones. El libro descansa sobre la mesa, de donde no se ha movido desde que lo adquiriera hará una o dos horas. No me atrevo a abrirlo. Sé de su contenido por los rumores que han ido llegando a mis oídos. Habladurías. Oscuras, perversas habladurías, pero tan increíbles y de tan diversas fuentes que por necesidad ha de haber algo de cierto en todo este asunto. Y aunque yo no fuera más que un comprador ingenuo, sin noticias previas sobre la naturaleza del volumen… tiene algo. Un aura, no lo sé. El tiempo y el uso han acabado por abombar las páginas. Colocado como está sobre mi escritorio, las hojas describen una curva hacia arriba tan semejante a una sonrisa que se me encoge el alma. Se regodea, quizá creyéndose conocedor de un siniestro secreto. También yo lo creo así. Debería arrojarlo a mí hoguera y permitir que regrese a las llamas del infierno que le vio nacer. Debería… ¡Pero es tan grande el influjo que sobre mí mantiene…!

Debéis de pensar que estoy loco. Muy bien, entonces compartiré mi locura. Pero por favor, no sea tímido. Juro que no pretendo inquietarle, ¡Pongámonos cómodos, tome asiento! Esta es la historia del último propietario del grimorio, tal y como la he recompuesto a partir de los diversos testimonios con los que me he encontrado.

 

El nombre de nuestro protagonista varía según a quién le preguntes. Unas veces es Enrik. Otras, Eric, igual que cierto bisabuelo mío. Sólo muy ocasionalmente se le llama Hans, o Hern. Puesto que prefiero eliminar cualquier clase de parecido entre nosotros por remoto y casual que parezca, en adelante me referiré a él como Enrik. Del apellido, nada se sabe. De lo que sí estoy seguro, al ser un dato recurrente en todas las versiones, es de que aquel hombre poseía un primoroso y en otros tiempos bien conocido taller de juguetes y marionetas. A la muerte de su padre había heredado una suntuosa mansión en la que decidió ubicar su negocio, dado que la casa le venía grande. La madre falleció en el parto, no tenía hermanos ni parientes que se supiese y tampoco estaba casado. Toda la compañía que sus visitantes le vieran jamás, aparte de sus creaciones y de algún visitante roedor ocasional, fue la de… llamémosla Julia. La joven se encargaba de cuidar los asuntos domésticos y velar a Enrik en su discapacidad. Pero estoy adelantando acontecimientos.

Algún numen había decidido otorgarle las manos de otro dios al nacer. Ya desde niño era capaz de crear los artificios más bellos que jamás viera ojo humano, por lo que a nadie le extrañó que al crecer abriese el taller. Sin embargo, su divino benefactor decidió cobrarse con creces su regalo. El primer pago que Enrik realizó fue la ya mencionada muerte de su progenitora. El segundo, una pierna completamente inútil. Un regimiento de médicos visitó al muchacho en los años sucesivos sin saber explicar el porqué de su cojera. El aluvión constante de sanadores entrando en su habitación era algo a lo que acabó por habituarse, igual que a no salir de la casa. Las muletas le hacían daño en las manos, y se negaba a poner en peligro su bien más preciado. Esos dedos mágicos suponían toda su felicidad y su sustento.

En los tiempos de ocio, cuando no andaba peleado con las piezas de un nuevo juguete o enfrascado en su proyecto, leía. Los libros se convirtieron en el remedio más eficaz para aliviar una mente dañada por la soledad y el dolor. Los cuentos le transportaban a otro mundo, uno distante e idílico en el que podía suceder cualquier cosa. Luego esas figuras eran las que plasmaba en sus obras, que en la madurez habían alcanzado una perfección inimaginable.

Poco a poco, el salón de su mansión se fue convirtiendo en un enorme museo del ingenio. Había máquinas colgadas del techo mediante hilos que volaban sobre las cabezas de sus visitantes, y parecía que lo harían hasta el fin del mundo. Dos figuras hermanas que se batían en duelo sin que nadie las accionara, un pulpo de tentáculos curiosos que saludaba a quienes lo admiraban, una rata juguetona que hacía castañear sus dientes, dragones-lámpara que escupían luz por la garganta. Y la figura que ocupaba un lugar más destacado en su inestable corazón: un dinosaurio de esqueleto de acero, con dos ojos como rubíes y la piel del color de una noche veraniega. De todas partes acudían niños inquietos para contemplar las maravillas que habitaban la casa. Y Enrik los dejaba pasar, como si se tratara de una sala de exposiciones en vez de un taller de juguetes.

A veces, el creador abandonaba su sala de trabajo y hacía de perfecto anfitrión, si bien normalmente era Julia quien los atendía. Él permanecía inmerso en sus libros, en sus tesoros y en el proyecto que le ocuparía toda una vida. Su proyecto, el más importante de todos. Ya me he referido a él, sin querer concretar en qué consistía hasta este momento. Pero la naturaleza del mismo me pareció tan obvia como se lo pareció a Enrik en su día. ¿Qué, si no sus manos, iba a ser capaz de materializar el milagro que le permitiese andar?

En primer lugar ideó un armazón articulado que envolvía su pierna. Ya había probado en ratones una versión más rudimentaria aunque también más delicada, debido al pequeño tamaño de las patas de roedor. No quiero preguntarme cómo había tantos animalitos tullidos en la casa de Enrik, porque se me revuelve el estómago. En cualquier caso, el ingenio pareció funcionar. Realizó un segundo modelo de tamaño humano, con dos palanquitas que permitían moverlo a gusto del portador. Por desgracia, el aparato era demasiado pesado para desplazarlo, y abandonó el proyecto terriblemente deprimido.

Poco después retomó sus primeros bocetos, añadiendo unas ruedas al armazón. Como resultado, estuvo a punto de partirse el fémur en una caída. Tampoco hubiera importado mucho, dado su lamentable estado. Pero si la accidentada hubiese sido la pierna sana…

Y así pasó años, creando los más disparatados e inútiles ingenios y descargando la frustración que le suponían en sus libros y sus obras de arte.

Hasta que un día ya no pudo más. Renegó de su mundo fantástico, de sus tesoros, de sus historias. En las páginas de su biblioteca había mil mundos en los que todo podía ocurrir. Todo, salvo su sueño. Se negó a abrir más sus puertas y cerró con llave el gran salón. Los niños se agolpaban ansiosos a su entrada, con la esperanza de ver sólo una vez más la luz multicolor de su imposible taller de fantasía. Pero el taller se había quedado a oscuras, y ni la súplicas, ni los llantos, ni las palabras de Julia lograron hacer que cambiara su propósito. Las criaturas, otrora objeto de los desvelos del atormentado arquitecto, quedaban ahora en manos de la encargada de la limpieza. Los volúmenes de su estudio, olvidados. Mandó a su asistenta vender alguna de sus viejas creaciones y empleó el dinero en rellenar su biblioteca. Teología. Cábala. Alquimia. Ciencias y saberes prohibidos a los hombres. No pudiendo hallar el fin de sus males en este mundo ni en los de los libros, se arrojó a los brazos del misterio.

 

Y el misterio lo engulló. Llegado este punto, la única persona que le volvió a ver fue Julia. Por fortuna para mi insaciable curiosidad, comparto con ella el defecto de no poder ocultar un secreto, o una buena historia, por demasiado tiempo. Así pues, iba poniendo al corriente de los sucesos que iban teniendo lugar en la casa por aquel entonces a un reducidísimo número de familiares y amigos que, en mi afán por saber, visité antes de adquirir este… por todos los demonios, el libro me sigue mirando. Continúo.

 

No puedo saber de dónde ni cómo llegó a su poder este ejemplar. He supuesto que, conforme se iba deshaciendo de los volúmenes que no le servían, fue proveyéndose de otros nuevos. Mi hipótesis me parece de lo más coherente si se tiene en cuenta que algo que todos los narradores del relato sostienen es que por aquel entonces tenía la biblioteca tan abarrotada que comenzó a guardar algunos en el taller. Sea como fuere, lo encontró. El libro a él, o él al libro, no lo sé. Y lo sedujo, con la misma tenebrosa malicia con que me contempla a mí ahora. Según se dice, porque, repito, no me he atrevido a abrirlo aún, el volumen contenía y contiene diversas fórmulas arcanas, hechizos y conjuros varios. Unos servían a propósitos tan sencillos como hacer desaparecer el dolor de estómago. Otros…

Se obsesionó con el libro. Si en los últimos días ya había empezado a perder el hábito de comer a su hora y hasta de dormir, en el momento en que lo poseyó quedó esclavizado por su influjo para siempre, reducido a una sombra. Aprendió sánscrito y latín para ser capaz de entender la totalidad de los rituales descritos en su interior… y encontró la solución a sus males.

En un insano estado de éxtasis, preparó todo lo necesario para efectuar el conjuro. Liberó por completo la mesa, que había de servirle como improvisado altar. No le importó demasiado arrojar al suelo incluso los platos de comida sin tocar que llevaban ahí días. Desempolvó sus viejas pinturas, las que tiempo atrás remataran sus obras, y trazó en la madera signos que no comprendía ni necesitaba comprender. Había leído la fórmula, sabía para qué servían. No necesitaba más.

Y llegó el gran momento. Todos los pasos previos, que realizó con prisa y una inquietud enfermiza, le llevaron buena parte del día. Era ya de madrugada cuando se dispuso por fin a acabar con su suplicio. Por aquel entonces el invierno comenzaba a asomar, y los niños no seguían agolpándose en su puerta por mucho tiempo debido al frío. Aunque él, por supuesto, no reparó en ello. Seguramente suspiró mientras sujetaba el milagroso volumen. Quizá le diera las gracias a algún dios, uno de los que aún le sonreían. Luego chilló por el esfuerzo de alzar su pierna sobre la tabla. Y comenzó a leer aquel ruego destinado a algún ente desconocida para los no versados en tan siniestros misterios.

-Veni cum me -exclamó entonces, con los ojos empañados en lágrimas. Y su agitación llegado el momento final debió de ser tanta, que no acertó a pronunciar correctamente la sentencia-. Effer… us… -volvió a intentarlo-. Crux. Crus -concluyó al fin-. Effer, crus.

 

Se preguntará cómo es posible que conozca el cierre del hechizo sin haber abierto el libro. Todo obedece a una casualidad tan inquietante como curiosa. Fue al caer por primera vez en mis manos cuando reparé en una pequeña hoja de papel sobresaliendo entre las páginas. Apenas hice un gesto sencillo para extraerla de su inapropiado estuche, cuando me di cuenta de que lo que tenía ante mí eran los restos de todo el trabajo de Enrik. La frase final. Y si es usted un caballero versado en la lengua latina, entenderá el porqué de los sucesos que narraré a continuación.

 

Permaneció allí, inmóvil, a la espera del milagro. Pero cuando las palabras acabaron de brotar de los temblorosos labios del implorante tullido, lo único que rompió el plácido silencio de la nocturnidad otoñal fue el rechinar de la madera bajo el peso de su pierna muerta. Ni el viento, que desde hacía horas amenazaba con arremeter contra sus ventanas, ni los búhos de ojos inquietos ni aún la siempre atenta Julia, ausente en aquel momento, se atrevieron a añadir una sola nota a la espectral sinfonía. Y digo espectral con razón, porque debéis imaginar que en ese instante la casa se hallaba suspendida en un sueño más profundo que el de la muerte.

Tampoco él sabía cómo reaccionar. ¿Se levantaba, fingía que nada había ocurrido y volvía a hundirse para siempre en las páginas amarillentas de otro tratado? ¿Podría hacerlo? ¡No! Si aquello era una sonata, él era su director. Y el director decidió repetir el estribillo.

-¡Effer! -imploró-. ¡Effer, Effer! ¡Levántate, por todos los infiernos!

Miró hacia su pierna con esperanza. Y cuando ya iba a darse por vencido, sintió un intenso hormigueo reptando desde su pie. Se palpó con nerviosismo, aguardando quizá algún efecto visible que le dijera que había tenido éxito.

Pero en lugar de ello, vio una araña descender de su pernera.

La aplastó de un manotazo, y casi sonrió al sentir las vísceras escurriéndose entre sus dedos. Aquel espécimen era particularmente grande, y la casualidad quiso que fuese a morir justo al lugar donde los platos de mil cenas ignoradas habían descansado tanto tiempo, dejando una marca característica sobre la mesa con forma de redondel. El resultado era semejante a una macabra diana.

-¡Effer! -repitió, sin perder ni un ápice de convencimiento-. ¡Te lo ordeno!

Un cosquilleo le sacudió de nuevo. Contempló el cadáver del arácnido antes de proceder a comprobar el éxito de su operación. Las probabilidades de que aquella sensación estuviese siendo producida por otro eran tan pequeñas que su corazón se permitió el lujo de correr desbocado. Acercó la mano lentamente, temeroso y a la vez convencido, y dio dos toquecitos al miembro inerte como si quisiera despertarlo de un sueño sin sobresaltos. En verdad algo así debió de pensar entonces: que todo no había sido más que una inoportuna siesta a la que debía poner fin para levantarse.

Pero en lugar de ello, vio un millar de arañas descender de su pernera.

Se movieron, se retorcieron, saltaron, se agitaron. Hasta en sueños hubiese sido extraño ver aquel ejército sin capitán recorrer el cuarto, envolviéndolo todo como un manto vivo mientras hacía estragos en la literatura y en la piel del aterrado hechicero.

El cojo contestó con un grito que murió en su garganta, tratando de darse la vuelta. Tan grande es el poder del instinto que el pobre infeliz pretendió apoyar su pierna y echar a correr. El crujido de una centena de cuerpos muriendo bajo el suyo atravesó el aire, pero el aullido que sus pulmones rogaban liberar no era capaz de levantarse. Se arrastró sobre el suelo en medio de aquel festín de páginas arrancadas, y no pudo menos que preguntarse qué comerían aquellos seres cuando se acabase el papel. No quiso saberlo. Reptó desesperado hacia la puerta sintiendo los animales secarle el sudor al corretear por su cara. Si gritaba, entrarían en la boca.

La puerta estaba cerca. Él lo sabía, y aquellos demonios con aspecto de araña también. Cada centímetro que avanzaba suponía otra criatura muerta bajo su vientre y otra más que se subía en su espalda. Hasta que llegara un momento en que el peso le sepultase. Sintió que tiraban de él hacia atrás con mil manos invisibles, y de nuevo le venció el instinto.

La puerta estaba cerca. Clavó en la madera sus manos, sus preciosas manos… la concentración de bestias que le recorrían aumentó bajo sus ojos. Los demonios parecían disfrutar alimentándose de las lágrimas.

La puerta estaba cerca. Notó sus propias uñas atravesar el suelo con una energía que no creía suya, resistiéndose a entrar en el torbellino de negrura que lo acosaba.

La puerta estaba cerca. Podía respirar el aire del exterior, acariciar las bisagras. Y supo que no llegaría más lejos.

Pero entonces, un millar de arañas desaparecieron al unísono.

El chillido agudo de los demonios fue sustituido por la tranquilidad nocturna y el despreocupado rechinar de la entrada al abrirse. Enrik se abalanzó hacia la salida prácticamente a gatas, gimiendo de ansiedad ante la cercanía a la muerte. El pasillo estaba tan desierto como lo estaba la biblioteca. Aguardó apoyado en una pared a que su maltratado corazón se recobrara, y entonces gritó. Gritó, gritó y gritó, con la fuerza del viento que no soplaba, la tristeza del búho que no había salido a cazar y el dolor de los niños que ya no reclamaban sus obras. Vio sus manos enrojecidas, con restos de astillas clavadas. Era la sensación más horrenda que jamás hubo experimentado. Sus manos… nunca las había visto sangrar. Nunca.

La puerta se cerró sola muy cerca de él. Giró la cabeza de inmediato, a la espera de un nuevo ataque como el anterior. Nada. Sería el viento, pensó. El viento que no soplaba. Buscó con desesperación algo en los alrededores que le sirviera de improvisado bastón, decidido a abandonar la casa. Dio gracias a los dioses, a todos los que había encontrado entre las páginas de sus carcomidos tratados, cuando apareció ante él la figura de una lámpara de aceite de pie alto. La agarró con fuerza y se levantó. Ni siquiera le importó el peso de la estructura metálica. Avanzaría a trompicones pero avanzaría, después de todo.

Recorrió varios metros con el sonido de la base de hierro al chocar contra el suelo danzando siempre sobre su cabeza. El corazón se le agitó. No reconocía aquel corredor, ni las puertas que iban apareciendo a su paso. ¿Algún demonio había movido la entrada de lugar? ¿Le había transportado a una casa que no era la suya?

¿Cuánto tiempo llevaba sin salir de la biblioteca?

Miró hacia atrás. En algún momento que no podía recordar, las luces se habían desvanecido. Sólo su cayado alumbraba nítidamente el pasillo, y el resultado era más inquietante que la oscuridad plena. Casi a tientas, creyendo oír por todas partes los diminutos pasos de algún artrópodo siguiéndole, palpó las paredes con su mano libre anhelando reconocer alguna señal, algún grabado… lo que fuera que le ayudara a ubicarse. Ya ni siquiera sabía a ciencia cierta cual era la entrada a la biblioteca. Y el repiqueteo de las patas de artrópodo le perseguía.

Un alarido atravesó el aire. Las arañas, si es que aún le seguían, se quedaron congeladas al instante, espantadas por el estremecedor lamento. Enrik apretó los dientes. ¿Quién más podía haber allí? Él vivía solo. Solo, en una casa muy distinta a la que le atormentaba aquella noche. Pero la voz era tan familiar… y, qué demonios, era una voz. Una persona, alguien como él. Para cuando se decidió a girar el picaporte de la puerta que conducía al origen de los gritos, una duda le asaltó. Si era una persona como él, y lanzaba al cielo un aullido de dolor semejante… ¿qué le esperaba al viejo juguetero?

La puerta se cerró a sus espaldas.

Caminó despacio, procurando inútilmente no hacer ruido. El golpear rítmico de su bastón reciclado se fundía con un sonido más difícil de percibir. ¿Acaso una respiración?

Se aferró con más fuerza al cayado, como si aquello fuera a protegerlo. A sus espaldas había algo. Y se movía, se movía cerca. Tragó saliva, ignoró las lágrimas y el lacerante dolor que sentía en sus manos y se giró para contemplar a la luz de su lámpara el ovalado rostro de una bestia de ocho brazos que agitaba sus extremidades pretendiendo alcanzarlo.

Enrik avanzó en lo más parecido a una carrera que podía emprender en ese momento, sintiéndose perseguido constantemente pese a la inmovilidad pétrea de la extraña quimera. Le observaba, con ojos enormes como globos ¿Esperaba al momento justo para atacar? ¡De nuevo, un salto! Allí, frente a él, dos guerreros esgrimían armas desconocidas y habían comenzado a batallar. Y a su izquierda, una rata ingente que amenazaba con devorarlo moviendo sus dientes con impaciencia. Y sobre su cabeza, monstruos voladores de naturaleza desconocida. Enrik se encogió temiendo que descenderían sobre él, pero los monstruos observaban. Sólo observaban. Como todos aquellos demonios. Aguardaban, dispuestos a cernirse sobre él al menor descuido ¡Pues vendería cara su vida! Trató de levantar el cayado para utilizarlo como arma, miró a ambos lados, lo inclinó hacia atrás cuanto pudo…

Un ruido metálico le disuadió de su propósito. Allí, frente a él, se alzaba la mayor y más terrible de todas las bestias que jamás hubiera podido imaginar. Un monstruo terrible de ojos ardientes y la piel como una noche de invierno; tan dura, oscura y fría. Tembló, y se encogió en el suelo, perdiendo su cayado. Y todo quedó a oscuras por un instante, hasta que otro monstruo más apareció escupiendo un rayo de luz sobre el suelo. Gateó débilmente hacia él, hacia la luz. Tenía que salir de allí. Tenía que salir de allí.

Sus manos dejaron de palpar el suelo sin previo aviso. Hacía tiempo que sus ojos se preocupaban más de guardarse las espaldas que de lo que tenía al frente. La visión le sacudió, oprimiendo un corazón cercano al colapso: la calidez que resbalaba entre sus dedos era una sustancia rojiza, espesa para ser agua. Conocía su nombre, pero no quería pronunciarlo siquiera. Aún le dolían las heridas.

Una mujer joven yacía desnuda en el punto justo en que se encontraba el charco de fluido que ahora empapaba a Enrik hasta los codos. Inclinaba la cabeza, o más bien caía por su propio peso, pero la cintura la mantenía mágicamente erguida. También los brazos, que parecían describir un candelabro. Y todo era rojo, como los ojos de aquel monstruo que aún lo debía de vigilar. Como la sangre de sus manos. Un ser humano como él. ¿Qué le aguardaba entonces?

Lloró, inclinándose sobre el cadáver. El brillo cobrizo resplandecía como si ardiera, mientras las últimas gotas de aquel cuerpo vacío resbalaban de la frente, el cuello, los pechos, el vientre, los muslos. Sujetó su pelo y desplazo la cabeza hacia atrás. Y vio el rostro de Julia, una Julia que habitaba en el rincón más olvidado de su memoria. Tenía la expresión serena y los ojos abiertos, igual que cualquiera. Estaba muerta. Pero tan viva… casi era como un juguete. Un títere de expresión congelada, que sólo se mueve si el titiritero lo consiente.

-¿Qué he hecho? -sollozó entonces, recordando. El taller, los niños, Julia, los libros… La pierna. Contuvo un nuevo alarido hundiéndose en sus manos. Sus manos…

Algo le golpeó en la espalda levemente, queriendo llamar su atención. Enrik no tardó en comprender. Simplemente esperó mientras el titiritero tomaba sus brazos y los atravesaba con un solo gesto. Vio dos inmensas uñas negras, y no quiso ver más. Pero Julia sí. Había soltado su cabellera hacía tiempo, y a pesar de ello aún mantenía la cabeza erguida. Y le miraba, mientras el demonio vaciaba la sangre, extraía tendones y los transformaba en las cuerdas de un nuevo juguete.

-Me llamaste. Buscando dolor. ¿Es correcto?

-No, no, no… por favor, es… un error.

-¿Y qué es lo que querías, mortal? -preguntó sin dejar de desgarrar su carne.

-Poder levan… tar… me.

-Está bien -murmuró la voz del titiritero en los oídos de Enrik. Apenas un susurro, y se oía por encima de los gritos de éste-. Effere. Levántate.

Y se levantó con la última de sus fuerzas.

 

Días más tarde, el hermano de Julia se decidió a forzar la entrada de la casa ante la preocupación de los habitantes del pueblo. No hallaron cuerpo alguno que no fuera el de las arañas aplastadas de la biblioteca, ni mayor evidencia de lo ocurrido que la alfombra rojiza que se había adentrado en la madera de la sala de los juguetes. Las obras siguen allí, moviéndose sin ayuda de nadie. Y seguirán por siempre, hasta que alguien se atreva a entrar a reclamarlas.

No deja de ser una ironía cruel, a buen seguro premeditada, que lo único que las arañas no devoraron a su paso por la biblioteca fuera este maldito libro. Maldito, le digo, pero fíjese si no nos ha entretenido si no nos ha entretenido un buen rato aun sin haberlo abierto. Ni pienso hacerlo, está claro. Nadie volverá a pronunciar esas… pero espere. Me temo que tiene un bicho corriendo por el hombro. ¿Qué iba diciendo? Ah, ya. Puesto que el secreto que encierran solo lo conocemos nosotros, y ninguno va a emplearlas tontamente, nadie volverá a pronunciar esas palabras que fueran la perdición del artesano de mi relato, fruto del dolor, la desesperación y un latín mal entonado: donde debió decir “levantar” dijo “atroz”, y donde “pierna”, “suplicio”. Aunque… el infierno se congele. Amigo… quizá es buen momento para cuestionarnos… cuestionarnos si he hecho bien en contarle esta historia. O eso, o me he metido demasiado en mi narración. Pero juraría que siento algo moverse por mi espalda.

¡Ah, mira cómo se ríe el maldito libro!

Primero lector, y luego (si eso), escritor

Predicando con el ejemplo (por aquello de ser primero lector) he querido inaugurar mi blog con este estupendo artículo de Alberto Olmos sobre el oficio del escritor que leí ayer en El Confidencial. Aunque no estoy de acuerdo con la condescendencia con la que el señor Olmos se refiere a la salud cultural de nuestro país (porque diagnósticos como ese los hay por todo el planeta, pero parece que a nosotros siempre nos duele todo más), algunas de sus reflexiones debería grabárselas a fuego cualquiera que tenga en mente dedicarse a la literatura. Reformulo la principal: que a escribir se aprende leyendo. Y no se trata solo de tomar a autores ya consagrados como modelo de estilo o fuente de inspiración (que también). Ni siquiera de leer para formarse.

Ante todo, es una cuestión de humildad.

¿Cómo va uno a escandalizarse porque nadie quiera leer su novela si él mismo no lee desde hace meses? Y para los que escriben pensando en el mercado, ¿por qué asumir que tu trabajo tiene hueco en editoriales, si desconoces los gustos del público actual? Luego están esos aires de grandeza de los que hacen de la escritura un oficio sagrado y que Olmos relativiza con acierto: sin tu obra, el mundo sigue girando. Sin lectores, no. En plena era de internet, en la que cualquiera puede compartir su trabajo en las redes sociales o hasta autopublicarlo en forma de libro, conviene reflexionar sobre todo esto. Para los escritores noveles, de paso, sirve para ahorrarse disgustos (a menudo injustificados).

Me los quitan de las manos, oiga.

Lo que leemos nos une

Dejando a un lado el artículo, repito mucho que la parte de la biografía de un autor que más me interesa es saber cuáles son (o eran) sus libros favoritos. Siempre es agradable coincidir con el juicio de personas a las que admiras, claro. Pero por encima de todo, lo bonito de ir conectando unos nombres con otros uno se da cuenta de hasta qué punto la Literatura mundial está configurada a partir de redes de lecturas comunes. Puedes coger autores tan dispares como Thomas Mann y H. P. Lovecraft y encontrar que ambos comparten varios referentes literarios y filosóficos. Hasta cierto punto es natural (ambos eran coetáneos, después de todo), pero si seguimos tirando del hilo… existen cadenas de recepción (unas más largas, y otras de apenas un par de eslabones) que conectan a cualquier pareja de escritores que se nos ocurra. Lo que me lleva a otro punto.

Leer en la Red 2.0

Como decía antes, vivimos en la era de las redes sociales. Y eso implica que la competencia para encontrar lectores es más dura que nunca, pero también que los escritores tenemos la oportunidad de interactuar con ellos más que en cualquier otra época. Por eso mismo quiero pensar que los ineludibles botoncitos de Twitter, Facebook e Instagram que flotan a la derecha de vuestra pantalla no son solo herramientas de publicidad. Con esa idea en mente nace este blog. A ver qué tal se da.

¡Hasta que nos leamos!

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